Olores y burbujas flotantes, fragmentos de jabón inflados, pulmones mortales y manos asesinas. El cielo infinito. En el eterno devenir mis manos encuentran de nuevo las ligeras teclas resortadas. Mamá alista la maleta de trabajar, vuelve a su rutina remunerada, papá lucha con sus venas, su corazón agitado hace fluir la sangre a velocidades innecesarias. Envejece. Mafe, agitada por dogmas, estetoscopios y libros inmortales intenta aliviar la muerte de sus pacientes terminales. Guillo, el extraño conocido, hermano y acompañante de cuarto acepta sus 80 kilos con gracia y estoicismo, los últimos sucesos han cegado sus ojos, abriendo nuevos mundos, el dinero abultado.
Yo el eterno, hijo del gris que nació para encontrar un sentido más allá de la gripe y los olores del transporte público. Alisto mis ojos y la pequeña cámara heredada. He nacido de nuevo, la luz ha llenado mis días, ese dolor que me dio nombre ahora es solo un fugaz recuerdo, noches lluviosas. Un nombre ha curado mi corazón, el alimento de mis palabras se ha extinguido, necesito un nuevo combustible, un ser en busca de sangre, lágrimas, explosiones y penas, de nuevos temas.
Haré un nuevo compromiso para volver a traicionarme, sentir el olor ácido de mis dolores abultados, buscar el olor de la inspiración, pensar en los ojos cafés que me han enamorado y reanudar mi escritura, el ojo sigue intacto, no necesita reparos.
domingo, abril 08, 2007
miércoles, enero 24, 2007
Capítulo 4 El verde de su sangre

De nuevo, reclinado en el sillón español, reconstruía lentamente las pupilas de Juan. Los tonos blancos de la retina se apoderaron de la pupila, desprendieron una luz casi imperceptible, ubicaron al centro de su afán, relajaron los párpados, desaparecieron las ojeras, suavizaron la mirada y sonrieron, deleitados con su miedo, con la sangre que escurria debajo del sombrero, su aterrizaje con el asfalto y el frio que lentamente se apoderaba de sus extermidades.
-Dr. quiere un café- doña Matilde con su sastre verde obligado, disimulando el cariño por miedo al despido. Sosteniendo con su mano, la tasa de porcelana blanca con el borde superior oxidado, decolorado, convertido en testigo, miles de cafés servidos.
El Dr Ceballos permanecía en silencio, con su calva reluciente, unos cuantos cabellos atravesados entre el silencio de sus años, y la renciente cicatriz enmarcada en el centro de la corona. Habían hecho un excelente trabajo, no le quedaría marca pero el verde de su propia sangre se rehusaba a salir.
-Dr Ceballos... Matilde con su tono jugetón casi infantil aumentaba las palabras, convirtiendolas en una canción de cuna. Le insistía pero él no despertaba, seguía con el trapo gris en las manos, frotando la grasa de sus lentes, restregando los zapatos con el suelo restándoles el brillo y el betún de la mañana.
-Esta bien, ahí le dejo su café.
El Dr Ceballos levantó la mirada por un momento, se aseguró de la posición del tinto, luego se entretuvo observando el humo que desprendía la tasa, alzaba vuelo y se estrellaba con su rostro. Imposible, se estaba contagiando del espíritu nostálgico de Juan, debía hacer algo, asesinarlo, arrancarle la vida, bañarse en su sangre, enterrar su cuerpo. Pero los hechos nunca fueron su fuerte; existían métodos más sutiles, no debía desaparecer solo "dejar de existir". Por fin la hermosa burocracia que tanto defendía iba a devolverle los favores.
viernes, diciembre 22, 2006
Capítulo 3 La confianza de la muerte
Pequeños estruendos inundaban las calles de Bogotá, luces multicolores, papeles brillantes y cajas adornadas desfilaban sus secretos entre avenidas, buses y tranvías. Esa extraña época del año había llegado, la felicidad era necesaria, indispensable, como si las tristezas pudieran empacarse entre moños azules y olvidarse debajo de la sonrisa.
Doña Matilde se había puesto su mejor vestido, de rojo añejo con ligeros adornos de margaritas florecidas. En conjunto resaltaba la cara de niña ingenua, perdida hace años en el oxidado metal citadino. Pelliscaba sus mejillas para aumentar los colores y adormecer a la realidad. Sobre ella, acomodado entre los hombros y la columna, estaba Juan, gabán negro, pantalones cortos, medias de rombos y un chaleco vino tinto. Su padre, el doctor Ceballos caminaba a unos cuantos metros, sombrero negro sombrío, camisa blanca impecable, lentes circulares resplandecientes y zapatos lustrados con el sudor ajeno. Juan se había antojado de un viaje fuera de la ciudad, quería conocer el verde de los campos boyacenses, el sonido de las vacas, el olor de la tierra recién arada y el sabor de las brevas con dulce de mora.
-Ahora no hay facilidades para esos gastos Matilde, además todo lo que quiera conocer lo puede ver en la televisión o en una enciclopedia, para eso existen
- No es lo mismo
- Claro para un ignorante es mejor así, conociendo por tropiezo, y no me haga esa cara Matilde porque mire que...
el frio se apoderó de la mano izquierda del Dr ceballos, le trepó el brazo como un animal hambriento y le congeló la mirada. Doña matilde observaba el brillo de los lentes y la espantoza mirada agonisante del señor notario, intento apretar su mano para que no golpeara con el asfalto. Fue inevitable, la cabeza reboto una sola vez para frenar en un choque secó, limpio en medio del suelo.
El Dr Ceballos mantenía su tragedia, la mirada de Juan con su risa a medias, los ojos blancos, tranquilos y los puños cerrados, "la confianza de la muerte y la seguridad de la justicia", hace años no veía esa expresión, desde la dictadura. Un hilo de sangre roja con ligeros tonos verdes pastozos se deslizaba por debajo del sombrero para después hacer figurines en una alcantarilla de la calle séptima, muchas personas rodeaban al Dr Ceballos, la expresión se mantuvo en su cara por mas de dos días.
miércoles, noviembre 01, 2006
Capítulo 2 Profundas Cicatrices

Las luces se convirtieron en verdaderos estruendos de neón. Gigantes tubos de luz blanca habían alejado la mayoría de los habitantes, vagabundos, políticos, carteristas, sólo quedaban los notarios. El mostrador brillaba todos sus años juntos en pequeños destellos amarillos, Juan jugaba a los carritos. unas cajetillas viejas de Pielroja a las que su mamá le había agregado chinches en forma de llantas. Juan pasaba sus mañanas deslizandolos debajo de las mesas y entre los rodachines del fax.
Las cartas y códigos postales habían pasado volando, retorciendo la cara de doña Matilde, marcándola. El Dr Ceballos recibía el paso del tiempo con una burocrática resignación, marcaba su reloj de puntualidad tatuada y cobraba su miserable cheque de 500 pesos. Durante estos escasos años, Juan había interrumpido el orden de la mensajería con sus carritos de papel.
Desparramado en el sillón de cuero español, el notario observaba la puerta café enegrecida, un pequeño choque interrumpió su sueño de ojos abiertos. Miró el suelo de madera, entre sus lentes cuarteados se atravesó el reflejo de Juan, incompetente, ignorante, tarado, jamás a hablado. 5 años y sigue pegado a los carritos, a la falda de su mamá, para lo único que la vieja sirve, "tarado, ignorante tarado". balbuseaba mientras Juan lo observaba, sus paños almidonados, esos pequeños ojos, las imperceptibles cejas de ratón y las cicatrices profundas de su mano izquierda.
El Dr. Ceballos perdía la paciencia. Le costaba entender que un pequeño poeta con mirada perdida, sensible a cada respiro, extraviado en los tonos grises pálidos del centro, hubiera nacido de su acartonada semilla. Impregnaba de miel su oficina, destruía su rutina, llenando el espacio de olores, de aromas de leche y galletas de chocolate. No podía tolerarlo más, el tarado debía irse, alejarse de su espacio, dejar en paz el nubloso oscuro de sus días. Solo su mamá lo protegía, pero no tenía forma de echarla, la contrató el ministro Reinados quien le dio el puesto como regalo de 15 años. Los contratos del estado jamás se acaban, nunca se suspenden. Un accidente sería la única causa posible de su despido.
El Dr Ceballos, agitaba sus diminutos ojos, los lentes circulares se poblaban de miradas destructivas, Juan sentía como un extraño humo amarillo, fétido se desprendía de la retina de su padre, llegaba hasta la marquesina y se convertía en pequeñas notas al margen, ligeros decretos que don Ceballos anotaba al lado de las cartas y los paquetes.
martes, octubre 24, 2006
Capítulo 1 Un Gris Florido

Nada, solo migajas en el escritorio, la saliva incesante de trabajador público antes de inspección. Extraña tarea de cada cuatro años, desempolvar, limpiar los vidrios de su grasa simulada y sacar expedientes, justificar el peso de la nómina. Juan había nacido ahí, al menos eso creía, como si algúna viga retorcida y humeda se hubiera cuarteado dejando un pequeño espacio para la creación sin decreto, de ese rincón mohoso y sin espejos había germinado, como la semilla inoficiosa que era.
Su padre había trabajado en la misma oficina de la calle octava, recibiendo cartas, paquetes para ministeriós y cocodrilos. Aplicaba siempre el mismo devenir. Recibía la carta con las dos manos, la leía, pausando, deteniendo su mirada en cada coma o acento innecesario, luego, al terminar, levantaba con curiosidad sus minúsculas cejas de ratoncillo adiestrado. Marcaba la carta en una especie de reloj con sello incorporado. Después la pasaba a su secretaria, progenitora de Juan (aclarado en su registro civil) quien adicionaba un sobre y lo ubicaba dentro de pequeños orificios, colmenas, donde aguardaban con la paciencia de la putrefacción hasta que algún mensajero regañado, almorzado y perdido venía por ella empapado por los goterones de la capital.
Esos eran los buenos tiempos, descansos remunerados, remodelaciones constantes y tres cartas al día. En la oficina sus padres se entregaban a pequeños amores desenfrenados, limitados sólo por el peso del paño y la dificultad de los broches. Escondido, debajo del mostrador, con las medias puestas, el pantalón debajo de las rodillas y la corbata fija, el Doctor Ceballos levantaba la falda de doña Matilde, introducía su miserable virtud mientras le tapaba la boca con el puño izquierdo, le enseñaba a callar, mientras él gemía.
Claro, Juan sabía la historia de otra forma, protegido por la ingenuidad de Matilde. Del arbol florido hijo mio, que brotó entre el moho y la tinta seca, una plantita azul y vino tinto. Tu papá y yo lo regamos con dedicación, al cabo de tres meses una semilla minúscula de un extraño gris florido comenzo a brotar del costado derecho del arbolito. Después de seis meses naciste tu Juanchito.
Así se fundó el mundo gris florido de Juanchito quien creció entre el pasear de sellos y formatos, los cuentos ingenuos de Matilde, las malcuernas dorado pálido de su padre y la esperanza de encontrar, alguna vez, una carta para él, una invitación, un parque en miniatura.
lunes, octubre 23, 2006
Anesteciados
Caminamos entre sombras,con el peso del paño,
marcado en los brazos.
Esclavos asalariados
de vacaciones pagadas,
cocteles a medias
y borracheras adormiladas.
Terminaremos atados,
condenados por eslabones
construidos con esmero
el peso del sudor sera
Esclavos asalariados
de vacaciones pagadas,
cocteles a medias
y borracheras adormiladas.
Terminaremos atados,
condenados por eslabones
construidos con esmero
el peso del sudor sera
la única cadena.
Despues,
cuando tanto años se han perdido,
los besos negados y el vino,
dejaremos este paso,
Despues,
cuando tanto años se han perdido,
los besos negados y el vino,
dejaremos este paso,
con el vaho de la soledad
marcado en los labios.
no es fría la muerte
no es eterno el descanso,
es solo un instante,
un respiro,
el último beso cálido en la mejilla.
marcado en los labios.
no es fría la muerte
no es eterno el descanso,
es solo un instante,
un respiro,
el último beso cálido en la mejilla.
domingo, octubre 22, 2006
Introducción

El devenir de un martillo inmovil. El silencio de frases mil veces oídas en las calles, rostros ajenos de pequeños envejecidos, marcas de hambre y de frío. La sensación de tener el corazón más marcado en las costillas y tu nombre entre las cavernas. Un espacio dedicado al calor, la fotografía y un poco de literatura
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